A contratiempo

España necesita un antídoto contra la impunidad

El abrazo entre Rafa Nadal y Pau Gasol en las pistas de Roland Garros ha sido la imagen del mes. Debería ser la del año. Más aún, debería empapelar todas las paredes de nuestro país. Como ejemplo, como estímulo, como paradigma de dos españoles que han hecho de la cultura del esfuerzo su norma de vida. En un entorno hipercompetitivo y sin más ayudas que su talento y su trabajo han llegado a lo más alto en su profesión. Si se lucha, se puede. Este debería ser el lema en una España desfallecida que, para algunos, está apunto de fallecer.

"Lo único que cuenta, lo que de verdad importa, es el esfuerzo. Hay que levantarse cada mañana a luchar, sin dormirse en los laurales". Estas son las palabras más frecuentadas por nuestro campeón de la raqueta. Y nos gustaría escucharlas con más frecuencia a nuestra clase dirigente, ahora conmocionada, atribulada, paralizada por una crisis económica de caballo que nos ha situado al borde de la quiebra.

Otro ejemplo. Amancio Ortega. Treinta por ciento de crecimiento de Inditex en el trimestre. Sin subvenciones, sin pasillear por los centros del poder, sin merodear jamás la Moncloa, sin trampas, sin trapicheos. Una trayectoria profesional ejemplar. Sin más secretos que talento y, por supuesto, esfuerzo. Un imperio construido a base de trabajo y lucha.

Los cuarenta mil ladrones

Ahora que la crisis lo asfixia todo y parece que apenas hay más horizonte que el precipicio, quizás no venga mal echar una ojeada a quienes han logrado escapar al nefasto destino que nos hemos diseñado. Cierto, la crisis no es únicamente económica. Mil veces dicho. Es moral, es de educación. Cuarenta mil ladrones de Alí Babá han dejado la geografía española esquilmada, yerma y podrida sin que hayan tenido que rendir cuentas de su latrocinio. No hay culpables. Ni los políticos metidos a banqueros facinerosos, ni los encargados de controlarlos para evitar sus tropelías. El saqueo de España está quedando impune. "La impunidad es la peor de las injusticias", clamaba hace unos días Manuel Pizarro, ex diputado del PP y ex presidente de IberCaja y de Endesa.

El dinero fácil en lugar del ahorro. El despilfarro en lugar de la inversión. La cultura del mangoneo en vez de la cultura del esfuerzo. Toma el dinero y corre. O ni eso, porque nadie va a perseguir a los responsables del gran atraco perpetrado en este país las últimas tres décadas. La burbuja inmobiliaria ha sido eso: la apoteosis de una estafa colosal.

Controles y fiscales

Bienvenidas sean todas las reformas financieras, laborales y económicas en las que se afana el Gobierno de Rajoy. Pero de nada van a servir si no se lleva a delante la verdadera reforma pendiente. La de la Justicia. La que obliga a que quien la hace, la paga. La que exige a los gestores a rendir cuentas ante la sociedad, la que vela por la rectitud intachable e implacable  de las instituciones, de los reguladores, de las instancias fiscalizadoras...Sin esa Justicia, políticos y asimilados toman al asalto los bancos, los medios de comunicación, las empresas públicas y algunas no públicas y arrasan con todo sin temor ni rubor. Sin Justicia no hay posibilidades de supervivencia para la sociedad civil y por lo tanto, no hay emprendedores, ni iniciativa privada, ni mercado. Sólo hay una oligarquía que se apodera de la riqueza y se reparte luego el botín. Y sin necesidad de rendir cuentas a nadie.

España es el país con más políticos por habitante. Más de 450.000. Lo que redunda en todo tipo de excesos como tener tres veces más coches oficiales que los Estados Unidos o cuarenta mil teléfonos móviles vinculados a cargos políticos en Andalucía. O decenas de miles de cuñados y de amiguetes situados en los puestos de la mamandurria. Esperanza Aguirre ha sido la única voz que ha clamado en este desierto.

Rafa Nadal y Amancio Ortega, unidos ahora por la coincidencia de la actualidad son dos estandartes, dos enseñas de lo que necesitamos. Dos evidencias de que hay otra España posible, la que queremos y por la que muchos luchamos. La que recompensa el esfuerzo y el trabajo. No la del cambalache inmobiliario y el agujero del ladrillo. ¿Estamos a tiempo? Para empezar a verlo claro: el que la hace, la paga. Y, de momento…no parece.


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