A contratiempo

España y la madre que la parió

Las comparaciones on odiosas pero inevitables. Las primeras medidas de Rodríguez Zapatero al llegar a la Moncloa fueron, recordemos, la retirada vergonzante de Irak, con plantón a nuestros aliados y aquella exótica Alianza de Civilizaciones. Luego llegaría la solicitud de permiso al Congreso para negociar con ETA. Las primeras leyes anunciadas por el Gobierno de Mariano Rajoy son un vendaval democrático. Al margen de las reformas económicas en materia fiscal y de recorte de gasto, impelido por un déficit oculto e inesperado, así como las muy peleadas del sector financiero y laboral, tan importantes ambas, el equipo de PP ha ofrecido ante el Congreso una batería de proyectos de enorme calado que intentan poner en orden una casa que estaba patas arriba.

La judicatura, la enseñanza (y el punto final aparente de Educación para la Ciudadanía o el nuevo Bachillerato), el aborto, el Código Penal, el Plan Hidrológico, firmeza ante el terrorismo etarra, la violencia de género, las bodas y divorcios ante notario, la salvación de los chiringuitos (o financieros) y hasta la revolucionaria cartilla única de la Seguridad Social para todo el territorio nacional componen algunas pinceladas de este gran aluvión renovador.

"Todo debe hacerse, pero en los ratos que nos deja la vida", parecía el lema del indolente Rodríguez Zapatero, cuyos siete largos años en el poder han sido un penoso desastre para la realidad política y social de España. Mariano Rajoy, por contra, se está mostrando diametralmente opuesto al tópico que de él había dibujado una leyenda urbana perfectamente diseñada. Es decir, inoperante, relajado, amigo de no encarar los problemas. Nada que ver. Lo suyo es como el del catecismo del perfecto taoista, “aparentemente inactivo pero no hay nada que deje por hacer”.

Sus primeros pasos parecían titubeantes, con algunos desajustes y algo de ruido en la coordinación interna. Había tanta ansia y tanta necesidad de cambio que todo parecía ir muy despacio. "España es como un autobús despeñándose a cámara lenta", llegó a escribir alguien.

Ciertos fueron y quizás todavía son los desencuentros entre los responsables de las carteras de Hacienda y de Economía, con aparente victoria inicial para el primero. Algo pintoresca la diatriba sobre el nombramiento de Federico Trillo como embajador en Washington. Pero muy pocos reparos más caben poner a la salida en tromba de este Gobierno que, en efecto, tenía los deberes bastante bien estudiados antes de llegar a la Moncloa. Saénz de Santamaría tiene las claves.

Lo peor está por venir

Han sido treinta días muy duros pero aún falta lo peor, le confesaba Mariano Rajoy a uno de sus homólogos europeos en la cumbre de Bruselas ante unos micrófonos indiscretos. Está claro. Aún falta por poner en marcha una reforma laboral que quizás dé lugar a algún tipo de movilización sindical, esa huelga que se teme Rajoy, según confesión propia, y la parte del león del ajuste en forma de otra andanada de medidas dolorosas e impopulares que intenten doblarle el brazo al indomable déficit presupuestario.

No parece que el presidente del Gobierno se dedique a levitar o a abrazarse a la euforia complaciente cuando escucha los consabidos elogios de Botín o las edulcoradas loas con que le agasajan por doquier. Este va a ser el año de la angustia, el dolor y la frustación. Nuevas carretadas de parados, quizás otro arreón a la subida de impuestos. Pero lo que está claro es que el Gobierno del PP ya gobierna, apoyado por esa amplísima mayoría política y social que le encaramó en el poder precisamente para eso. Para hacer diametralmente lo contrario de lo que, por boca de Alfonso Guerra, han hecho los socialistas: A España al fin la va a conocer la madre que la parió.


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