A contratiempo

España, un edificio gótico adicto a la deuda

El señor de Urquijo, un intelectual afrancesado de los que pulularon por la España convulsa de finales del XVIII y principios del XIX, le remitió una histórica misiva al capitán general de Castilla, Gregorio de García de la Cuesta, que se convirtió en una amarga reflexión sobre aquella realidad española, que aún late entre el pasmo y la zozobra. Eran vísperas de Fernado VII y el texto incluía este párrafo: "Por desgracia, desde Carlos V la Nación ya no existe porque no hay en absoluto, de forma real, un cuerpo que la represente, ni un interés común que la una en la consecución de un mismo objetivo. Nuestra España es un edificio gótico compuesto por piezas y fragmentos con casi tantos privilegios, legislaciones, costumbres e intereses como provincias hay".

Sustituyan la palabra provincias por la de autonomías y la música les resultará muy familiar. Al panal de la rica miel de los 18.000 millones de euros del Fondo de Liquidez Autonómica inventado por Montoro, han acudido, ansiosos y famélicos, varios presidentes de comunidades en aras de obtener fondos para hacer frente a sus urgencias de sus respectivas tesorerías. Enormes deudas contraídas en tiempos de ebriedad de gasto y corrupción. Cataluña mendiga con altanería más de 5.000 millones, Valencia suplica mil millones más de los 3.500 demandados incialmente. Y Murcia. Y vendrá Andalucía. Y... "Hay dinero para todos", calmó los ánimos el presidente del Gobierno. ¿Y de dónde saldrán tantos fondos en una España esquelética y lampante? ¿De las Loterías? ¿De las Quinielas? ¿Del cielo? ¿Hay dinero suficiente para tapar los enormes agujeros que ulceran las cuentas de las comunidades? Un panorama muy incierto que ha vuelto a agitar los mercados y a intranquilizar al centro de poder europeo.

El edificio autonómico, esa "España gótica" e invertebrada del ilustrado bonarpartista Urquijo, no se sostiene. Diecisiete estaditos en quiebra demandando árnica financiera a un Estado al borde del rescate y con la sociedad asfixiada por el desempleo, ahogada por los impuestos y en avanzado estado de desencanto.

El sueño de reducir el gasto

El Partido Popular, que ha llevado a cabo iniciativas y reformas de enorme calado, como la laboral, se ha dado de bruces con una maldición instalada en nuestro país desde el tránsito a la democracia: la imposibilidad de contener el gasto de las administraciones públicas, tanto la central como la periférica. Tenemos una morfología estatal tan alambicada, tan hipertrofiada, tan desmesurada que a nuestros gobernantes se les antoja misión imposible asir el hacha y comenzar la poda.

El gasto público apenas ha decrecido un 0,5 por ciento en el último ejercicio y los recortes de los 102.000 millones en tres años remitidos por Rajoy a la UE siguen el mismo camino. Mientras tanto, el consumo doméstico se desploma y la actividad empresarial languidece. El monstruo autonómico no adelgaza y el bolsillo de la sociedad mengua.

Las pocas voces en el seno del partido del Gobierno que amagan sugerencias sobre adelgazar la estructura del Estado o, al menos, racionalizar el funcionamiento de las comptencias autonómicas reciben como respuesta el silencio. "Eso es muy complicado y lleva mucho tiempo". Atemperar la prima de riesgo y ajustar el equilibrio del déficit son los únicos asuntos imperativos.

El desafío secesionista

El agobio económico es terreno abonado para que las fuerzas secesionistas inflamen su discurso y desvíen la atención de su ineptitud y su indolencia y la catapulten contra el Estado centralista que, denuncian, les acogota. Un horizonte inquietante y peligroso que crece a días vista. El pacto fiscal reivindicado por el demediado nacionalismo catalán es el trampantojo con el que Artur Mas pretende tapar las vergüenzas de las cuentas de la Generalitat. Y está calando entre esa burguesía catalana que se creía europea y ha resultado tristemente provinciana. "Una Cataluña independiente sería económicamente rentable", se empieza a escuchar por doquier. En el frente norte, las fuerzas independentistas, con PNV y Bildu a la cabeza, se disponen a recuperar el Gobierno vasco y lanzarlo por la senda soberanista tras un paréntesis constitucionalista tristemente malogrado por el incalificable Patxi López.

Retan al Estado con bravuconería inaceptable. Unos, del brazo de episodios vergonzantes como el pulso del caso Bolinaga, tan pestífero como bochonorso. Otros, con jaculatorias incendiarias de "Segadors" y de Diada.  Un desafío de enorme magnitud que encuentra al Gobierno enfrascado en su vorágine de imponer más recortes y más sacrificios. Y a la sociedad española, sumida en el desaliento y cada vez más refractaria con la clase política y aún con el sistema. Una sociedad que empieza a convivir con terribles penurias cotidianas y que no observa esfuerzo alguno en la restricción de privilegios y derroches de los poderes públicos y del estamento dirigente del país.

"Sabemos lo que tenemos que hacer y lo estamos haciendo", es el mantra de Mariano Rajoy y su Gobierno. Quizás esta prédica resuene ahora con el eco del aplauso con una sola mano. El Gobierno aparece, en esta terrible rentrèe, desbordado y casi desfondado. Ojalá no sea así y sepa retomar el pulso y el vigor en la gestión que las abrumadoras urnas le concedieron.

Mientras tanto, volvamos a Mariano Luis de Urquijo, prototipo trágico del ilustrado español que describió con tino una realidad decimonómica que se nos aparece tan presente. Su misiva al general La Cuesta concluía con esta frase: "Lloro por España. Ojalá me engañen mis vaticinios". Que así sea.


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