A contratiempo

CiU entierra al notario y se entrega al PP

Uno de los mayores errores cometidos por Artur Mas en su insustancial carrera política fue acudir al notario. Y no precisamente para casarse, como anuncia ahora Ruiz Gallardón que podremos hacer los españoles. Sino para todo lo contrario. En la campaña electoral catalana de 2006, el candidato de CiU se personó en una notaría para dejar constancia de que, de resultar elegido, no incurriría en pactos nefandos con el PP. Nunca lo hiciera. Aquella "patochada", como la definió el candidato del PP, Josep Piqué, de poco le sirvió para ser investido presidente de la Generalitat. Josep Montilla, un cordobés de Iznájar, le levantó la camisa y se instaló en el Palacio de la Plaza de San Jaime. La traición de Zapatero al heredero de Pujol también tuvo algo que ver.

Artur Mas acaba ahora de sepultar al notario. "Con el tiempo, todas las convenciones literarias resultan absurdas y todas las promesas políticas, mentiras", decía Graussac. El presidente de la Generalitat ha tenido que humillar la cerviz y suscribir un acuerdo presupuestario con el PP para mantenerse a flote durante la Legislatura. Una especie de tímido embrión de aquel Pacto del Majestic que suscribieran Aznar y Rato con Pujol y Duran Lleida en los salones del primer piso del coqueto hotel de Paseo de Gracia en 1996. En esta ocasión, un Artur Mas vergonzante eludió a foto de rigor y le cedió los honores de comunicar la novedad a una exultante Alicia Sánchez-Camacho, jefe de filas del PP catalán.

El Partido Popular ha tenido siempre problemas en Cataluña. De encaje, de coherencia, de complejos, de hostigamiento, incluso de criminalización. Muchos bandazos y demasiadas componendas. De la criptoconvergencia al recurso contra el Estatut. Lo que era bueno en Madrid no parecía serlo en Cataluña. Desde mucho antes de Cambó. Por eso, Sánchez-Camacho, una estratega vitalista, rompió el maleficio de la mano de Mariano Rajoy y catapultó a su formación al récord histórico de 18 diputados en las autonómicas de 2010. Se hizo, de esta forma, con la categoría de "socio imprescindible" (pero no "determinante", apunta Mas) del gobierno autonómico.

Ocho escaños clave

Sin presupuestos no hay acción de Gobierno. Ahí está el caso de Álvarez Cascos en Asturias. Patada al tablero, barajar de nuevo y a repartir las cartas. CiU tiene 62 diputados en el Parlament. Necesita ocho más para alcanzar la mayoría absoluta. El PP, en contra del parecer de muchos de sus simpatizantes y aún militantes, ha hilvanado un acuerdo presupuestario al margen de compromisos ideológicos. ¿Esto es posible? Un partido conservador, constitucionalista y español dando su apoyo a una formación nacionalista con vocación soberanista. La política tiene razones que la razón no entiende. Y hace extraños compañeros de cama. O no tanto. Estas derechas se reconcilian y hasta se abrazan por necesidad, no por amor. El precedente de Aznar y Pujol.

El PP necesita modificar su complicado perfil en Cataluña sin renunciar a su coherencia política. Y las enormes dificultades económicas por las que atraviesa Cataluña después de dos gobiernos consecutivos del nefasto Tripartito propiciaba este acercamiento. Caprichos tiene la sed, diría Machado.

El viejo toma y daca. CiU, que no respaldó la investidura de Rajoy, sí ha apoyado las duras reformas económicas y laborales en el Congreso de los Diputados. Y posiblemente secunde al Gobierno en el crucial trámite de la aprobación de presupuestos previstos para finales de marzo. Cierto que el PP cuenta con mayoría absoluta en la Carrera de San Jerónimo, pero el concurso de los nacionalistas catalanes, sin ser necesario, sí puede calificarse de positivo. La soledad nunca es aconsejable, ni siquiera en política. Y Rajoy algo sabe de esto, después de siete años larguísimos de oposición prácticamente en solitario.

Este "acto de responsabilidad", como ha calificado Artur Mas al respaldo recibido por parte del PP catalán en forma de abstención positiva, supone un efecto balsámico para el Gobierno nacional ante el durísimo recorrido de la legislatura. El recurso al rodillo no debe ser la norma. Es evidente que este "pas à deux" de los dos partidos de derechas más importantes de España se colocará entre paréntesis cuando se traten asuntos estrictamente ideológicos.

Hábilmente, Sánchez-Camacho los ha sorteado en el acuerdo recién suscrito en el Parlament, que se centra en rebajas a tasas en el ámbito turístico, sanitario y de la justicia, entre otros. Ni embajadas catalanas, ni imposición de la lengua, ni Memoria Histórica, ni iniciativas soberanistas. Todo esto ha quedado al margen. Sí se ha incluído un incremento de las ayudas a víctimas del terrorismo.

"Que se vayan acostumbrando"

Este papel de fuerza política imprescindible para el buen gobierno de Cataluña lo ha perseguido siempre el PP. Ahora empieza a imponerlo. Las fuerzas del Tripartito se arrastran hundidas y desnortadas. El PSC, vapuleado en su propia interna tras el fracaso de la apuesta de su candidata, Carme Chacón. El PP se ha erigido en Cataluña como una fuerza decisoria, como la clave para mantener el actual equilibrio de fuerzas parlamentarias. "A quien le moleste este protagonismo del PP, que se vayan acostumbrado", ha dicho Sánchez-Camacho. Lo que no significa que el PP renuncie a sus principios. Se ha visto hace unas semanas en el Ayuntamiento de Barcelona donde Alerto Fernández Díaz, jefe de filas de los populares, ha rechazado entrar en el gobierno municipal de CiU debido precisamente a los planteamientos obtusos y soberanistas del alcalde Xavier Trias.

Respaldo, sí; matrimonio, no. Sin notarios. Pura estrategia política. "Nada es tan hermoso como la dulce costumbre", escribió Bioy. De momento, el acuerdo CiU/PP es coyuntural. Pero, ¿puede convertirse, con el paso del tiempo, en una dulce costumbre? Rajoy sabe mucho de negociaciones y consensos. Y se siente cómodo en ese terreno. CiU es más picajoso pero, hoy por hoy, no tiene otra alternativa.


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