A contratiempo

Catarsis contra la corrupción

Un sagaz lector de Voz Pópuli tuiteaba este viernes una captura de la portada del diario. Un mero retrato al minuto de la actual España. Menciono algunos titulares. "Bárcenas suma y sigue: sus cuentas en Suiza acumularon 47 millones". "El fiscal cree que CDC cobró 6,6 millones en comisiones ilícitas del Palau". "Del Pino paga 200 millones para eludir el delito fiscal por expatriar dividendos a Holanda". "Díaz Ferrán, condenado a pagar la deuda de 400 millones de Marsans e inhabilitado por quince años". "Nóos cobró 5,8 millones para Valencia Summit pero sólo destinó 1,9". "La Audiencia de Madrid no acuerda la puesta en libertad de Blesa". Y así... Corrupción y molicie.

En este albañal se han inspirado Javier Benegas y Juan M. Blanco, brillantes profesionales de lo suyo amén de destacados columnistas de este medio, para redondear Catarsis (Ed. Akal) , una obra imprescindible cuya presentación pública ha sido el acontecimiento político y cultural de la semana.

El régimen está muerto

Aquellos polvos, estos lodos. Reflexivo daguerrotipo de un país a la deriva, sin pulso y en la UVI. "El régimen está muerto, pero la noticia nos llega con retraso", se escuchó a uno de los autores, en avanzado estado de mordaz ironía. No se alarmen, no es Catarsis uno de esos opúsculos cenicientos y apocalípticos que nos invaden. Es un diagnóstico valiente y certero de nuestro presente y nuestra historia que huye del derrotismo agónico y de la desesperanza estéril. Benegas y Blanco esgrimen con habilidad su analítico estilete para diseccionar algunos de nuestros errores seculares pero plantean saluciones audaces. El mal no está en las personas, sino en el incorrecto, más bien desastroso, diseño de nuestras instituciones. Nuestra democracia es de baja calidad, teoría sustentada desde hace ya tiempo por el director, Jesús Cacho, por lo que urge una patada al tablero y barajar de nuevo, apretar la tecla de reset y enmendar la plana trapacera y torpe que se escribió durante la Transición.

Cierto es que la segunda restauración borbónica aportó años de estabilidad, un cierto despegue económico auspiciado por la bonanza europea, pero evitó diseñar un riguroso mecanismo de contrapoderes. Ni órganos reguladores, ni Justicia independiente, un melifluo periodismo libre, y apenas intelectuales con voz propia. El régimen del 78 montó un sistema de férreo control ideológico, burocrático, hermético, blindado a toda transparencia y pervertido por una mezcolanza incestuosa entre lo público y lo privado. Sin una implacable separación de poderes, sin auténtica fiscalización de los resortes del Estado, el régimen político surgido con la reinstauración democrática postfranquista ha chapoteado, con pasmosa impunidad, entre el disparate y el exceso. Lo público y lo privado amancebados en insana coyunda manejada por una reducida élite, responsable última de la pavorosa situación actual. Pero el régimen, agónico, se resiste al cambio. Esta es la cuestión que transita, insobornable, a través de las candentes páginas del libro.

Un éxito ridículo

Gregorio Morán, por ejemplo, que acaba de publicarLa decadencia de Cataluña contada por un charnego (Ed. Debate) llega a alguna conclusión parecida, según se recoge en la magnífica entrevista publicada aquí por Karina Sainz Borgo: "Que me digan que la transición fue un éxito me parece ridículo (...) Estamos pagando los errores de la transición, las autonomías, por ejemplo. Han creado el nacionalismo... hasta en Murcia".

Difícil abordar la necesaria regeneración. Irlanda, al menos, debate la necesidad de abolir el Senado. Sesenta miembros tiene la Cámara Alta irlandesa que se reúne dos veces por semana y tiene un presupuesto de 20 millones de euros. Aquí, ni siquiera eso. Nuestro Senado tiene 265 escaños y cuenta con un presupuesto de más de 50 millones de euros. Su primer presidente, don José María Moscoso de Altamira, conde de Fontao (¿les suena?, mismo título que el asesor del Rey don Juan Carlos para los líos de Urdangarín) fue elegido para tan distinguido cargo el 1 de noviembre de 1837.

Es un clamor que nuestra Cámara Alta no es más que el acolchado aposento para políticos en desuso, como José Montilla, Carmen Alborch, Juan José Lucas, Marcelino Iglesias.... El Senado no se toca, está en la Constitución. El mamotreto hipertrofiado del Estado es un castillo kafkiano. Impenetrable, insondable. Ni se cierran las diputaciones, ni el defensor del Pueblo, ni el Tribunal de Cuentas, ni la Audiencia Nacional... artefactos caros y estériles. Instituciones vacías que generan rechazo, alientan el desencanto y alimentan el cabreo. Ni se suprimen ayuntamientos, ni se ahorran concejalías, ni apenas se amortizan empresas públicas...

Estado pastel

"España es un Estado pastel que se reparten unos pocos. Cuando todo va bien, hay migajas para el resto, Y cuando no, nada". Así de simples, y de ciertas, son las cosas para los autores de este ensayo cuya portada está ocupada por una inquietante imagen de un Rey algo demediado.

Pero hay futuro. Benegas y Blanco no sucumben a la tentación de abrazarse animosamente al desastre. Durante siglos, hemos tropezado muchas veces en la misma piedra. Hay que espantar el miedo, porque esta sociedad vive angustiada, paralizada por un miedo de años, quizás de siglos. Miedo al futuro, al presente, a perder lo que ya no tiene. Miedo, incluso, a escapar de esta angustiosa pesadilla para encontrar el portalón de salida. "Hay que despertar de este sueño en el que el Estado, lejos de ser un acogedor colchón de plumas se ha convertido en un lecho de clavos". O sea, la catársis.

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EL VARÓMETRO. Ya enseña el "moderado" Urkullu la patita con ese apestoso informe sobre las víctimas. // Demasiado insistentes las intempestivas presiones de Zarzuela sobre algunos medios en la visita del príncipe Naruhito. // Bochorno general en el estrafalario y reivindicativo adiós de Pascual Sala a su sillón Constitucional.


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