A contratiempo

Carme Chacón vuelve a la pancarta

Carme Chacón –llamadme Carmen- ha vuelto a colocarse tras la pancarta de la demagogia, junto a la turba vocinglera de la falsedad, a la vera de los penúltimos indomables del club de la ceja. O sea, se ha sumado a los corifeos que respaldan la figura de un juez, ahora imputado en tres causas, que ha pretendido jugar con la Justicia. Chacón ha vuelto, Garzón mediante, a sumarse a las filas del esperpento, a aquella foto políticamente dañina y éticamente reprobable de “Todos somos Rubianes”, el desaparecido cómico de “me cago en la puta España”.

No estuvo presente en las puertas del Supremo junto a Pilar Bardem y al diputado Llamazares, quien se desgañitó vociferando todo tipo de insultos y descalificaciones contra el Alto Tribunal y contra sus miembros (“farsantes” fue lo más suave que les dedicó) momentos antes de asumir la portavocía de la comisión de Justicia del Congreso, así es nuestra querida Democracia. No estuvo presente, pero sí lo estuvo de palabra y espíritu, puesto que Chacón evitó la prudencia y la sensatez al arremeter contra el proceso al Juez Campeador y argumentar que a Garzón se le juzga y hostiga “por haber perseguido un caso de corrupción”. Antaño con Rubianes, hogaño con Pilar Bardem. Antaño contra España, hogaño contra la Justicia.

Izquierda intolerante

Sería una anécdota menor, un desafuero más al que la niña bonita de Zapatero e hija espiritual de González nos tiene acostumbrados de no ser porque hasta ayer mismo, esta dama, que pugna ahora afanosamente por recuperar sus escondidas y camufladas raíces andaluzas, era ministro de Defensa de España, un puesto institucionalmente relevante, al margen de otros simbolismos.

La izquierda en España está anclada en los albores de nuestra pre-Transición. IU sigue siendo una excrecencia casi castrista, amen de predemocrática e intolerante. Pero el PSOE, que acaba de finiquitar los ocho años del Gobierno más inepto de nuestra reciente Historia, no logra asumir el papel de esa fuerza politica relevante, moderna y europea que se necesita. Enredado en una pugna sucesoria accidentada, acelerada y algo chusca, no ha sido capaz aun de asumir sus errores ni de llevar a cabo la exigible y necesaria autocrítica.

Carme Chacón es uno de los dos candidatos que aspiran formalmente a tomar las riendas de ese partido que se orienta más por el costado de Largo Caballero que por el de Julián Besteiro. Desafortunadamente para todos.

Chacón, puro marketing político, arquetipo de la farfolla insustancial y esclava de la imagen evanescente, se ha vuelto a aliar con esos grupúsculos de la ultraizquierda no democrática que califica de “fascista” a los miembros del Supremo y que con su apoyo a Garzón, mediante todo tipo de argumentos cerriles, pretende alcanzar la línea de flotación de nuestro Estado de Derecho. No puede ser Carmen Chacón, salvo reconocimiento público de su error, la figura que encarne la cabeza del principal partido político de la oposición. Es tan zafio y tan errado su comportamiento en este episodio, nada anecdótico, por cierto, que resulta imposible hacer abstracción y juzgarlo con magnanimidad.

Chacón, que juega en su disputa con Rubalcaba la baza de la juventud, del relevo generacional y del futuro, patina precisamente en donde no debería, en la defensa de uno de los pilares fundamentales de nuestro ordenamiento constitucional como es la Justicia, encarnada estos días en esos siete jueces que integran el tribunal ante el que se sienta el juez más atrabiliario y singular de nuestra judicatura. Rubalcaba, por ejemplo, tuvo un comportamiento muy profesional en su visita a la capilla ardiente de Manuel Fraga. A Chacón, lamentablemente, le falta aún mucho camino por recorrer y muchas lecciones que aprender. De momento, se entretiene en el sesentayochismo de pancarta. Buen sitio, no es.


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