A contratiempo

Bienvenidos al infierno

Los anuncios, previstos pero que de igual forma escuecen, de la congelación del sueldo de los funcionarios y del montante del Salario Minimo Interprofesional, son las evidencias más notorias de que el Ejecutivo de Mariano Rajoy se ha arremangado y antes casi de nombrar a los secretarios de Estado se ha puesto a gobernar. Y lo ha hecho por el lado que duele, es decir, sin miramientos ni contemplaciones. Como decía en privado un ahora alto cargo, "hemos pasado de la edad de la Inocencia a la madurez en apenas tres días". Esa vieja bruja, llamada crisis, tiene garras, habría escrito Kafka.

"Bienvenidos a Puebla, no somos como dicen", rezaba antaño un cartel situado a las puertas de esa localidad mexicana. "Bienvenidos al Gobierno, esto es peor de lo que dicen", podría anunciar el cartel de bienvenida a las puertas de la Moncloa. Hasta mayo de 2011, Rodriguez Zapatero pensaba que gobernar era lo más parecido al disfrute de una primaveral tarde de domingo en el campo. Tuvo seis largos años para disfrutar. Mariano Rajoy apenas ha tenido seis horas. En su primer Consejo de Ministros, seguramente arengó a su gente como Napoleón a su tropa: "Hemos venido aquí para combatir y para salvar a la Patria".

En ello están. Sumidos de hoz y coz en el infierno. Y ya con algunos mínimos tropiezos como el malentendido entre Guindos y Montoro sobre el famoso recorte de los 4.000 millones de euros. O el de Ana Mato y su leve incursión en el territorio hostil del sectarismo a vueltas con la expresión de "violencia de género". O el silencio de Exteriores ante la masacre de cristianos en Nigeria. Son leves deslizamientos propios de un aterrizaje vertiginoso en una pista erizada no ya de obstáculos, sino de minas.

Con la tormenta añadida de un episodio inesperado y que todavía aparece fuera de control y amenaza con mayores quebraderos de cabeza, como es el caso Urdangarín, tan incomodo como intempestivo, que afecta precisamente a la institución mas sólida y necesaria de nuestro edificio democrático. La inédita revelación de las cuentas de la Casa del Rey, innecesaria por más que lo adornen de trasparencia, es un síntoma más de este proceloso episodio.

Pero Rajoy olfatea muy bien los climas y controla perfectamente los tiempos. En eso ha demostrado ser un consumado maestro. Conoce a la perfección el estado de ánimo de una opinión pública consciente de la necesidad de adoptar medidas drásticas y contundentes para evitar el cataclismo. Sabe de la actitud decididamente favorable de los medios de comunicación (algunos casos han superado con crecer los límites de lo babeante), casi unánimemente rendidos a su causa. Constata la inoperancia clamorosa de unos sindicatos desacreditados, la suavidad de unos partidos nacionalistas maniatados por sus propias dificultades y, particularmente, cuenta con el desquicie delirante en el que se haya sumido el principal partido de la oposición en la desesperada búsqueda de un líder que les muerte el camino de la recuperación. Tienen aún dos meses de guerras intestinas por delante.

Con la primeras y dolorosas medidas económicas, Mariano Rajoy sabe que su Gobierno ha perdido la inocencia del recién llegado. Pero ya contaba con ello. Lo más duro está aun por anunciarr, a la vuelta de las andaluzas, cuando tenga que meterle mano a fondo a los nuevos Presupuestos. Una Semana Santa de auténtica pasión. Para entonces, tendremos ya un Gobierno rodado y engrasado, seguramente con algunas mellas en la coraza y algunos costurones en el costado. No queda otra.


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