A contratiempo

El Alberto de moda y la unidad de España

Hay dos pecados en el hombre en los cuales se originan todos los demás, decía el sabio. La impaciencia y la indolencia. En política, el segundo es llevadero pero el primero es mortal. Prometedoras carreras se han truncado por las prisas. Es lo que los expertos tontilocos del márketing político denominan "medir los tiempos". Un solo consejo le dieron a Obama antes de saltar al plató en su tercer debate televisivo con Romney: "Presidente, lo más importante es que no la cagues". Más vale no pifiarla que acertar.

Ejemplo vivo de esta teoría es el caso de los dos Albertos del Partido Popular. Alberto Ruiz Gallardón, brillante como él solo, inteligente, sólido, buen orador y enormemente hábil para triunfar en los sondeos, pasa por ser un político impulsivo, ansioso e intemperante. Es ya un tópico instalado en el cotilleo de la política referirse a él como un enorme realidad con difícil futuro precisamente por eso, por no medir bien los tiempos. Asintamos con Kafka: "La desgracia de Don Quijote no es la fantasía, es Sancho Panza". Mesura, hermano. Autocontrol y sangre fría. Y menos ínsulas Baratarias. En el fútbol todo se complica por la presencia del equipo contrario, dejó dicho un singular pensador francés. Gallardón no necesita equipo contrario. Se complica él sólo. Algunos lo llaman soberbia.

En el envés está Alberto Núñez Feijóo, el Alberto de moda, el político tranquilo, todo templanza y sofrosina. Su renovación de la mayoría absoluta en las cruciales elecciones gallegas le han situado en el frontispicio de los hombres con futuro en el partido conservador. Hombres, sí. Porque hasta ahora, y tras el valiente e inopinado paso al costado de Esperanza Aguirre, al hablar de los nombres con futuro en el PP tan sólo emergían figuras de damas. Soraya Saénz de Santamaría, María Dolores de Cospedal e incluso Lucía Figar, la eficaz consejera de Educación de la Comunidad de Madrid.

El vasco hundido

Y en esto llegó Feijóo. "Leal y cabal" como dicen sus compañeros de andanzas partidarias. Gallego, de Orense, 51 años, enorme experiencia tanto en la Administración autonómica como en la del Estado. Fue secretario general en el Ministerio de Sanidad con Romay Beccaría, presidente de Insalud, director general de Correos y vuelta a Galicia para renovar el imperio absoluto de la derecha como en los buenos tiempos de don Manuel Fraga. Buen porte, buen verbo, buena disposición y, lo más importante, austero de gestos y prudente de palabra.

Al pelo le viene a Feijóo el monólogo del conde de Kent del Rey Lear: "Profeso el no ser menos de lo que aparento y servir lealmente a aquel que ponga en mí su confianza; amar al que es honesto; relacionarme con quien es sabio y habla poco; ser temeroso con el juicio divino; luchar cuando no tenga otra elección y no comer pescado". Salvo la última ¿virtud?, impropia naturalmente de quien ha nacido en la esquina occidental española, el resto le encaja como anillo al dedo de su filosofía vital y política.

Esta puede ser la clave de su reciente y sonado éxito en las urnas. Al margen de una oposición cerril y demediada, Feijóo es un caso único en el panorama europeo. Ha logrado mantener su Gobierno tras unas elecciones celebradas en medio de la galerna económica. Ningún mandatario occidental ha sobrevivido últimamente a la hecatombre de la crisis, que derriba gobiernos y dinamita trayectorias. Cierto que ha perdido apoyos, pero ha ganado escaños. Y ha potenciado su perfil de referente en un partido que asistió, el mismo día, a la voladura, quizás injusta, de un personaje emergente y prometedor como Antonio Basagoiti, el vasco hundido.

Batalla de las ideas

Amen de la mesura y la templanza, sin duda destaca en Feijóo el sostener un discurso que no todos enarbolan con sinceridad y trasparencia en el seno incluso de su propio partido. Sus mandamientos se resumen en dos. "Unidad de la nación" y "dar la batalla de las ideas". ¿Les suena?. Naturalmente, estos dos postulados, elementales y unívocos, son los mismos que evocara Esperanza Aguirre en su ya antológica pieza del "No me resigno" que tantos quebraderos de cabeza le acarrearían.

Núñez Feijóo ha vencido en las elecciones con un ideario único, transparente y fiel a los postulados del PP: "Un mensaje para quienes defienden la nación española". Ahí es nada. Sin posibilismos estrambóticos, sin devaneos filibusteros, sin coqueteos vergonzantes. Desde la bruma gallega, Feijóo se ha convertido, a escala nacional, en el adalid de la integridad y la valentía ideológica dentro de su formación. En esta España erizada de retos y desafíos independentistas y soberanistas, basta con defender la Constitución y la Nación. Y predicar lo mismo en todos rincones de España, sin adaptaciones especiales, asimétricas o pluriformes.Y sin traiciones.


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