A contratiempo

Abdicación no siempre rima con solución

El sobresalto con las caderas reales han pulverizado el tabú que pesaba sobre la palabra abdicación. Una pregunta periodística se estampó contra el viejo tapiz de la batalla de Tesino, historiado telón de fondo de la primera rueda de prensa celebrada en la Zarzuela. El impertinente sustantivo aparecía incluso en la edición del sábado de la portada de ABC.

Ya se puede hablar de abdicación, ya no se oculta, ya no se esconde, ya circula sin secretismos por las redacciones, ya hablan de ella las vecindonas, las cotorras televisivas, los columnistas de postín, los analistas exquisitos, los banqueros blindados, los diputados culiparlantes, los subsecretarios gris/marengo, los pasmados ministrillos. Hasta ahora sólo abdicaban los reyes protestantes y algún Papa metafísico. La abdicación de repente, de una tarde para otra, se ha convertido ya entre nosotros en moneda corriente, en algo prosaico, desprovisto de excepcionalidad, exento de dramatismo.

Confesiones y renuncias

Mandaba una ley no escrita que los reyes mueren en la cama. Se lo dijo Doña Sofía a Pilar Urbano en aquel libro de confesiones tan jugosas y algo imprudentes. Aquí los reyes no renuncian y los herederos envejecen en la espera. Y hasta mueren sin tocar Trono. La Reina de Inglaterra, claro, tiene casi quince años más que Don Juan Carlos. Pero los ingleses son otra cosa.

La palabra abdicación se deslizó el viernes entre las paredes tristes y desoladas del Palacio de la Zarzuela, en una sala desbordada de periodistas empachados de rumores. Así se desintegró el veto. Mansamente, sin ruidos, sin cataclismos, a la hora del té. Ya es incluso pensable que Don Juan Carlos, ese Monarca brioso y campechano, héroe de la Transición que pensábamos eterno, herido en mil batallas quirúrgicas y harto de un presente aciago, se mire una mañana al espejo y decida, como el clásico, que "a partir de hoy mismo quiero que se sientan agraciados con el regalo de mi ausencia".

No ocurrirá tal cosa, sentenció el vocero Spottorno, circunspecto como un concejal el día de la procesión del Santo. El Rey no abdica. Ni se le inhabilita. Crujieron los cimientos y se derrumbó el templo. Si en Zarzuela dicen que el Rey no abdica es que se ha abierto el portillo a la posibilidad de que, un día, lo quiera Dios muy lejano, lo haga. El Jefe de la Casa Real acababa de invitarnos a traspasar las inaccesibles galerías que conducen al jardín prohibido. Y lo hizo como si tal cosa. Pronunció la plabra "abdicación" como hubiera mencionado "aspirina" o "ascensor".

Herencia asegurada

Cinco intervenciones quirúrgicas en el lapso que de dos Ligas de Fútbol, una valoración demoscópica en repliegue, un entorno familiar casi shakesperiano y un futuro brumoso y quebradizo podrían empujar al Monarca a plantearse el "paso al costado" del que hablan los argentinos.

Ahí espera el Príncipe, ganador de los Juegos en Buenos Aires (los perdieron el COE, la ingenuidad y la estultcia) "el mejor preparado que ha habido hasta ahora", según declaró su regio padre a Jesús Hermida. Felipe VI, aunque no desata pasiones, no es menester, sí transmite seguridad y solvencia.

Las palabras en "ento" parecen torpes, decía Valle. Las palabras en "on" parecen trompazos. Abdicación es una de ellas. Lo importante es discernnir cuándo llega la hora de utilizarla, cuándo abdicación deja de ser un trompazo y se aviene a rimar con "solución".

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EL VARÓMETRO. El electricista Corcuera y su burla del "derecho a decidir" ha situado a Rubalcaba frente a sus trampas. // El ministro Gallardón, pese a quien le pese, ha culminado un nuevo Código Penal muy notable.


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