A cada uno lo suyo

Y después del rey, ¿a quién le toca?

Parece evidente que la sucesión en la Jefatura del Estado abre un nuevo periodo en la historia de España y ofrece la oportunidad de una revisión en profundidad del sistema político nacido en la Transición, periodo en el que nuestra joven democracia ha acabado convertida en una partitocracia o Estado de partidos. Ciertamente no por casualidad, dado que muy comprensiblemente al comienzo de la Transición se impulsó la creación e implantación de los partidos políticos prácticamente desde la nada. Se pretendía entonces la formación de partidos políticos fuertes para garantizar la estabilidad del nuevo sistema democrático, optando por un sistema electoral que prima a dos grandes partidos y gobiernos estables y por un modelo político-jurídico que permitía y todavía permite una amplia autorregulación de su organización y funcionamiento vía Estatutos. El reciente libro “La urna rota” de los editores del blog Politikon lo explica muy bien. El desmoronamiento del régimen de la Transición tiene, en última instancia, una explicación muy clara: se diseñó para funcionar hace 40 años, en unas circunstancias que nada tienen que ver con las del presente, utilizando un “kit” jurídico-político-institucional que hoy está totalmente desfasado.

En realidad lo que ocurre es que nadie ha demostrado interés hasta muy recientemente en cómo funcionaba nuestro sistema electoral, ni en que nuestros partidos políticos fueran realmente democráticos, ni ha puesto muchas pegas al sistema de selección de sus líderes, ni los afiliados, ni los simpatizantes ni los ciudadanos. Todo lo contrario, siempre se ha considerado la “unidad del partido” en torno al ungido líder de turno como un valor seguro. Aunque las cosas parece que están cambiando, y bastante deprisa. Ahora los partidos empiezan a creer, con razón, que un dedazo del aparato puede mermar sus expectativas electorales y hasta causar bajas entre los afiliados. El aparato quiere controlar el partido, pero le da vergüenza que se note. Aunque el problema principal es que tantos años de funcionar así han dejado a los partidos sin candidatos alternativos solventes. El caso del PSOE ejemplifica perfectamente este dilema.

En cuanto a la financiación de los partidos, estamos ante el auténtico corazón de las tinieblas. También en un principio se decidió dotarles de una importante financiación pública ya que su debilidad inicial hacía inviable cualquier mecanismo de autofinanciación, mecanismo que por cierto habría proporcionado bastante más poder a los afiliados. Hasta hace relativamente poco se les ha permitido muy generosamente el acceso a la financiación privada, incluyendo la posibilidad de obtener donaciones anónimas o préstamos y condonaciones de deuda sin límites por parte de entidades financieras (por no hablar de la financiación irregular o de la financiación desviada a través de las fundaciones de los partidos). De esta forma quedaron abiertas de par en par en nuestro sistema de partidos las puertas para el imparable desarrollo del fenómeno del “pay to play” o pago a cambio de favores políticos. Cualquier constructora importante sabe lo importante que es llevarse bien con el tesorero del partido que controla varias Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. Para completar el panorama, nunca se establecieron mecanismos efectivos de rendición de cuentas y obligaciones de transparencia y el órgano de control diseñado constitucionalmente para fiscalizarlos (el Tribunal de Cuentas) acabó siendo “okupado” por los propios partidos a los que tenía el deber de controlar. El resultado a la vista está.

La voluntad de facilitar la estabilidad del Gobierno se completa con una ley electoral que quería evitar la excesiva fragmentación del Parlamento -a la vista de la experiencia de la 2ª República española- y que favorece el bipartidismo pero no el control ciudadano, como ocurre en otros sistemas bipartidistas. Efectivamente, el sistema de listas electorales cerradas y bloqueadas fortalece a las cúpulas directivas de los partidos –que suelen ser elegidas por cooptación- que son las que deciden quienes van (o no) en ellas. Los candidatos compiten por el favor de los líderes de los partidos que pueden colocarles o no en puestos de salida en las listas y no por el favor de los ciudadanos a los que supuestamente representan. En definitiva, estamos ante un sistema que no favorece ni los controles internos (no hay democracia interna en los partidos) ni externos (no se responde frente a los ciudadanos) y que permite Gobiernos fuertes de un solo partido o incluso mayorías absolutas, no hay gobiernos de coalición. Las semillas del deterioro democrático están servidas.

Lógicamente la falta de democracia interna, con lo que conlleva de falta de competencia y de debate entre proyectos y candidatos alternativos dentro de un mismo partido, fomenta inevitablemente la selección adversa de los cuadros más dóciles y menos críticos con las cúpulas, así como la falta de rendición de cuentas tanto hacia dentro como hacia afuera. Por eso los partidos políticos parecen incapaces de autorreformarse, incluso aunque estén en riesgo de implosión.

Ahora que la institución monárquica ha dado el primer paso hacia una posible y deseable “auto regeneración” mediante el relevo generacional, condición necesaria aunque no suficiente, sería necesario que el siguiente paso lo dieran los partidos políticos abriendo la puerta a que surjan nuevos liderazgos no solo de personas más jóvenes sino, sobre todo, de personas que, sea cual sea su edad, quieran cambiar las reglas del juego. Personas que prefieran jugar con reglas más homologables con las que existen en democracias avanzadas bajo la confianza de que pueden competir perfectamente también en esas condiciones. En este sentido “viejos políticos” son tanto Susana Diaz como Mariano Rajoy. ¿Piensa alguien de verdad que estos políticos u otros similares pueden liderar a sus respectivos partidos en un escenario de cambio y regeneración como el que confiamos que se abra en España con el nuevo Rey? ¿Piensa alguien que puede seguir funcionando el dedo divino como mecanismo de selección habitual de líderes aunque sea demoscopia mediante? ¿Piensa alguien que se va a consentir la falta de rendición de cuentas, de transparencia, la corrupción y el clientelismo como forma habitual de funcionamiento de un partido político? Sinceramente, pienso que los españoles queremos nuevas reglas de juego político.

Por eso, en mi opinión, ningún proceso serio de reforma política en España será posible –pese al relevo en la Corona- sin modificar sustancialmente el actual sistema electoral y el funcionamiento de partidos políticos acabando con el modelo de la Transición. Y si sus líderes o/y sus cúpulas no quieren o no pueden hacerlo hay que empezar a pensar que también a ellos les ha llegado también la hora de la sucesión. Por el bien de todos.


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