A cada uno lo suyo

El alcalde de Brunete como síntoma

Mientras desde el Gobierno se insiste en la voluntad de luchar contra la corrupción y regenerar las instituciones, el alcalde de Brunete sigue siendo alcalde de Brunete a pesar de la difusión de una grabación donde intenta sobornar a una concejal de UPYD, contra la que -ya puesto-s se ha querellado por injurias y calumnias nada menos que por haber puesto en entredicho su honor y su honestidad en el ejercicio del cargo. Ciertamente el concepto que tiene este alcalde del honor y de la honestidad en el ejercicio del cargo no se corresponde con el del común de los mortales, pero el problema es que parece ser compartido por muchos otros políticos y no solo dentro de su propio partido. Al fin y al cabo lo que ha intentado hacer tampoco es nada del otro mundo. El alcalde alega también que si algo hizo fue en beneficio de los ciudadanos de Brunete, que sin duda se merecen un alcalde dispuesto a sacrificarlo todo -incluidos unos cuantos preceptos legales- por su bienestar. Pero por si acaso no lo hubieran entendido bien  se lo va a explicar “casa por casa”.

Me imagino que se abrirá también algún tipo de investigación en el Ayuntamiento que llegará a la conclusión de que lo que oímos cuando le damos al play de la grabación es una turbia maniobra de la oposición, o mejor todavía, que en realidad comprar concejales de la oposición –normalmente con el dinero del contribuyente de forma directa o indirecta- a cambio de su voto no solo es lo normal sino que es lo democráticamente sano. En definitiva, que violar el ordenamiento jurídico (“las formas” que diría la vicepresidenta del Gobierno que, por cierto, es jurista) es una cuestión menor. Ya se sabe lo importante es “el contenido”, es decir, volvemos a la tesis clásica tan sugestiva siempre para los que ostentan el poder de que el fin justifica los medios, aunque los medios sean ilegales o inconstitucionales.

El problema es que esta tesis es muy peligrosa para los derechos y libertades de los ciudadanos, como recordamos los autores del libro colectivo ¿Hay Derecho? sobre la quiebra de las instituciones y el Estado de Derecho en España. Y es que  si algo nos enseña la Historia es que no se pueden menospreciar las formas cuando de democracia se trata. Efectivamente, la democracia no consiste solo en elegir entre varias opciones o entre distintos candidatos o incluso entre distintas políticas. Su esencia última descansa en el proceso formal de la toma de decisiones de acuerdo con ciertas garantías y normas  o, dicho de otra forma, en el respeto del Estado de Derecho sin el cual no hay democracia posible. La idea de que todo poder dentro de un Estado democrático debe de estar controlado por normas jurídicas es una conquista esencial de las democracias avanzadas a la que no podemos renunciar a estas alturas si no queremos volver a la condición de súbditos. En definitiva, por bondadosos que sean los fines que se persigan –y esa es siempre la excusa de los que quieren saltarse las normas, no lo olvidemos- no se pueden dictar decretos-leyes que no respeten lo dispuesto en el art.86 de la Constitución, no se pueden convocar referéndums ilegales y tampoco se pueden “comprar” concejales a cambio de favores. Si nuestros partidos políticos no son capaces de entenderlo es que no entienden la esencia de la democracia.  Y me temo que eso es lo que está pasando precisamente ahora en España.

Porque en mi opinión que el alcalde de Brunete siga siendo alcalde de Brunete con el apoyo más o menos explícito o vergonzante de su partido –lo que depende, al parecer, no tanto del ordenamiento jurídico sino de otro tipo de factores- no es una anécdota ni un caso aislado sino que revela la forma habitual de funcionamiento de nuestra partitocracia. Sus declaraciones reflejan perfectamente la gravísima enfermedad moral, política e institucional que padece nuestro país. Así hemos pasado de la hipocresía de hace unos años en la que nuestros dirigentes afirmaban sin pestañear que se respetaban las resoluciones judiciales incómodas mientras se hacía todo lo posible por torpedear su cumplimiento a la desvergüenza pura y dura, de forma que nuestros gobernantes admiten francamente que van a incumplir las sentencias que no le gustan porque para eso han sido elegidos por “el pueblo”.  En definitiva, el caso Brunete pone de relieve de forma descarnada el funcionamiento de un Régimen donde todo vale para mantenerse en el poder y donde las normas jurídicas se conciben como molestos obstáculos o “formas” que un gobernante omnisciente y todo poderoso se puede saltar sin ninguna consecuencia ni política ni jurídica porque aquí nunca pasa nada. Y no nos engañemos, cuando un gobernante sea un alcalde, un Presidente de una Comunidad Autónoma o un Ministro prescinde de las formas o procedimientos establecidos su principal objetivo no suele ser el interés general, aunque él tienda a confundir el interés de su partido con el interés público, incluso con buena conciencia.

Quizá a estas alturas convendría recordar que la principal diferencia entre un Estado auténticamente democrático y un Estado autoritario no estriba solo en el carácter electivo de sus gobernantes (al fin y al cabo en Venezuela, Argentina o Rusia también hay elecciones) sino en el hecho de que en un Estado democrático los gobernantes no solo se encuentren sometidos a la Ley, exactamente igual que el resto de los ciudadanos sino que además  tienen el deber específico de hacerla respetar y garantizar su cumplimiento.  Dicho de otra forma, en una auténtica democracia nadie está por encima de la Ley.

Volviendo a nuestro caso puede ser que en la España del siglo XXI los sistemas de compra de votos ligados al régimen clientelar y caciquil sobre el que se sustenta nuestro sistema político sean un poco más refinados que en tiempos de Cánovas y Sagasta, pero la idea subyacente es la misma: nuestros gobernantes piensan que los españoles no estamos maduros para una democracia de calidad. Es urgente demostrarles lo contrario exigiendo el cumplimiento de las reglas del juego. ¿Dónde está el poder de las leyes? se preguntaba Demóstenes. Y contestaba, en ti, si tú las apoyas y las haces poderosas. 


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