A cada uno lo suyo

Rodrigo Rato o la calidad de las instituciones españolas

Cuando parecia que habiamos tocado fondo en lo que se refiere a la degradacion de nuestra vida publica nos encontramos la semana pasada con la imagen del antaño todopoderoso ex Vicepresidente del Gobierno de España y Presidente del FMI detenido de forma humillante. En portada de toda la prensa nacional, la habitualmente refractaria a airear los escándalos políticos del PP incluida. Y no es para menos. Es una imagen que habla como pocas de la distancia que separa una democracia de bajísima calidad cuyas instituciones están en estado casi terminal de una democracia avanzada. No nos engañemos, los países donde pasan estas cosas –y no se trata de asuntos privados, dejémonos de tonterías por favor– son países del tercer mundo o como mucho del segundo.

En los países serios no se pasa de desempeñar grandes puestos políticos y empresariales, de recibir honores y reconocimientos e incluso de asesorar a empresas del ibex

Efectivamente, en los países serios –la famosa Dinamarca por ejemplo– no se pasa de desempeñar grandes puestos políticos y empresariales, de recibir honores y reconocimientos e incluso de asesorar a empresas del ibex –aunque sea discretamente– a la comisaría. Esto es típico de países sudamericanos o de ex estados comunistas o de países africanos. En definitiva, de países corruptos donde las instituciones no funcionan y donde no se asume nunca ninguna responsabilidad política por nada, de manera que la única que queda es la judicial penal cuando se vuelven las tornas y le toca al siguiente. Países donde, mientras se gobierna o se tiene la protección del Gobierno, está garantizada la impunidad; donde el sector privado o al menos una parte, el denominado capitalismo castizo, busca el favor del político de turno para prosperar; y donde reina el servilismo y la sumisión frente al que tiene poder político o económico o las dos cosas juntas, como suele suceder. En estos países, no hace falta decirlo, la sociedad civil y las instituciones son muy débiles.

Dejaré de lado los desesperados intentos del PP por desmarcarse de uno de sus personajes de referencia –recordemos la vergonzosa Comisión de Investigación por el "caso Bankia" que organizaron en el Congreso no hace tanto tiempo– o, por presentar esta historia como la prueba indudable de su lucha contra la corrupciónn caiga quien caiga después del historial de gúrteles, púnicas, brunetes, sedes pagadas en B y tantas otras historias, cuya mera enumeración me llevaría lo que resta del post. Sinceramente, pese a toda la indignidad que conlleva esta estrategia de defensa no creo que sea lo peor ni que a estas alturas sorprenda a nadie. Lo mas importante es el fracaso que esta detención-espectáculo supone desde el punto de vista del funcionamiento de las instituciones de una democracia. Lo que ocurre sencillamente es que nuestras instituciones, tras años de desprofesionalización y politización ya no son capaces de funcionar con normalidad, es decir con previsibilidad, neutralidad y rigor.

La pregunta que tenemos que hacernos ante la sospecha de parcialidad en el comportamiento de una institución es siempre la misma ¿como actuaría en el caso de un ciudadano normal y corriente?

Porque la pregunta que tenemos que hacernos ante la sospecha de parcialidad en el comportamiento de una institución es siempre la misma ¿como actuaría en el caso de un ciudadano normal y corriente? Porque si una institución trata a alguien mejor por ser persona relevante o bien relacionada o simplemente por tener amigos tenemos un problema grave. Pero no nos suele parecer mal cuando se consigue un trato de favor: al contrario, se presume de "contactos", lo que provoca la proliferación en nuestro ruedo ibérico de la figura del comisionista, hasta llegar al esperpento de las andanzas del “pequeño Nicolás”, moderno Lazarillo de Tormes de ese ciego que somos todos los españoles. Lo que nos parece mal es que nos traten peor que a otros; es lo que percibimos como "una injusticia", aunque los beneficiados lo hayan sido ilegalmente y a nosotros se nos aplique la norma pura y dura.

Pienso que nuestra madurez como ciudadanos exige que nos demos cuenta de que en una democracia la protección o los beneficios ­­–o los ataques y los perjuicios– no pueden depender de nuestras relaciones con las personas que tienen poder. Que debemos exigir instituciones neutrales capaces de tratarnos a todos conforme a la ley y al Derecho, es decir, por igual seamos quienes seamos. En la ya famosa Dinamarca, elevada en nuestro país a categoría conceptual, uno de los bienes públicos mas preciados es la confianza en aquellos a los que no se conoce personalmente. A mi juicio, una de las mayores conquistas de la civilización.


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