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Sólo los muertos pueden quedarse.

Pablo Ordaz nos sorprende en El País con un reportaje que además debería seguir avergonzando a Europa. A las autoridades italianas, en particular. Narra con detalle las vicisitudes de los náufragos de Lampedusa antes, durante y después de la tragedia. Su pena continúa en los despachos.

“Suena del todo incomprensible que las autoridades italianas —la Guardia Costera, la Guardia de Finanzas, la Capitanía del puerto de Lampedusa— tardaran más de dos horas en enterarse de que un barco que albergaba a más de 500 personas estaba ardiendo y hundiéndose a solo media milla de la isla”, apunta.

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